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Que el agua no deje de fluir, que el viento no deje de soplar, que la marea no deje de subir, que las palabras no abandonen mi hogar...

domingo, 3 de noviembre de 2013

Tocamos el límite.

Resulta agotador estar continuamente dándole vueltas a la cabeza. Me cansa el pensar, el creer, el recordar. No me sienta demasido bien. Las cosas resultan dificiles de llevar y ocultar cuanto tengo se me está complicando. No hablo de mis secretos; no son esos los que quiero sacar a la luz. Lo que me incomoda es guardar para mi aquello que me duele, literalmente. 


Pasar las horas muertas en un hospital sin que nadie lo sepa. Aguantar un pinchazo tras otro. Una prueba que te hace daño, otra que te da miedo y una más que supere las anteriores. Una mala noticia que se complica, una medicación que no existe y un dolor que es persistente. Estoy tan acostumbrada que ya ni mi sangre me marea, ni me asusto ni me asquea. Tener que escuchar como pretenden decidir algo que no tiene solución. 

Quizás esté muy acotumbrada a esto. Después de tanto tiempo ni lo cuento ni lo comento. Es parte de mi rutina. Pero en el fondo me asusta, me da miedo y necesito la voz reconfortante de alguien que diga "todo irá bien". Es demasido finjir una normalidad, que no duele, que todo va bien. Sonreir y callar es fácil hasta que te tienes que retocer. 


Pero hoy, ya en casa, tengo que decir "basta". Ha sido demoledor escuchar que hemos llegado al límite. Desolador ver la cara de mi padre y debastador decidir que no hablaremos del tema con nadie. El problema es que la tiene que parar y sobrepasar el límite soy yo. Sin embargo, cuánto más lo pienso más me duele.  Supongo que o me pongo las pilas o tendré que sucumbir a lo que me proponen. Y el hecho de dejar que la parca venga a por mi de forma prematura no me convence. 

Voy a llorar a solas un poco. Me es necesario desahogarme sin hablar y un abrazo que me consuele. Hasta este límite hemos llegado.