El más conocido de los escritores y dramaturgos que tiene la humanidad cuenta que una vez perdió su don. No era capaz de componer ni un solo verso. Sospechaba que el problema recaía en la ausencia de musa. No había motivo alguno que le trajera a la mente la inspiración y le hiciera escribir. Aun en raudos momentos en los que debía escribir sin ganas, incluso en las ocasiones que la faltó el pan y el sueño, plasmó sobre el papel una hilera de versos que provocaban en el lector u oyente el más tremendo de los escalofríos.
Shakespeare echaba de menos poder imaginar mil y una batallas, provocar un motín en un convento o hacer llorar a todo un teatro. Confesaba que solía hacer el amor con las palabras, jugaba con ellas de madrugada hasta el amanecer. Todo era posible cuando sus musas rondaban su mente. Musas físicas o mentales; no importaba. Tras las sequía de ser abandonado, encontró en una dulce doncella, una inspiración que dejó como legado la mejor de las tragedias románticas que jamas se han escrito: "Romeo y Julieta".
Yo no aspiro a ser una Shakespeare o una Rosalía de Castro. Sin embargo, se va la vida con las palabras, con la literatura; con el escribir que no es más que soñar despierto. Y cómo me gustaría poder dedicar mi vida a ello, a dejar constancia de mis sentimiento sobre el papel.
Hacía mucho tiempo que escribir me suponía un problema. Desde hace varios días, mi pluma entintada fluye tan rápido como mis dedos sobre el teclado de mi ordenador dejando constancia de que mis musas han vuelto. Nada me inspira de forma distinta pero por fin se ha serenado mi corazón para dejar paso a la mente.
Qué relajación sentirme de nuevo con ellas...
"Hoy las musas ha pasado de mi...andaran de vacaciones..." (Serrat)
