Nunca me ha gustado el té. Era una de esas bebidas amargas que me hubiera gustado adorar para que encajara en mi personalidad. Lo mío siempre ha sido el café. En taza. Con una cucharada de azúcar y la leche templada. La prefiero fría si es época estival. Sin embargo, el sabor del té no me era agradable. Su poca textura y su baja densidad me hacia incapaz de tragarme ese líquido humeante que desprendía un olor fuerte. No, el té no era lo mío. Me daba la sensación de bebida fría e independiente, me resultaba poco simpático y ni por asomo se parecía al maravilloso café que inundaba de vitalidad y aroma a mi pequeño habitáculo. Lo recalcaré por ultima vez. El té nunca me ha gustado.
Quién me iba a decir que yo, con toda mi tozudez, cambiaría de opinión. Ahora no bebo té en público sino que en la soledad de mis pensamientos, en mis largas tardes de oscuridad echo mano de una espantosa taza blanca de serie y me dejo llevar. Esa bolsita me evoca a una habitación con luz tenue, la persiana baja buscando la intimidad. Me recuerda a la noche, a la humedad de las noches de veranos y el frío de estos meses que vivimos. A un sofá que da la sensación que te absorbe y te envuelve. Me trae a la mente el desesperante sonido del Whatsapp y a la dulce voz del consuelo. Tomarme un té es sinónimo de conversar, de desahogar, de contar las inquietudes y problemas. Es una excusa para escaparnos. Un reconforte inimaginable. Ya no pienso los mismo acerca de esa extraña bebida inglesa que perfumaba cada tarde mis lecciones del mismo idioma. El té me sabe a su presencia. Y creo, que a él me sabrá siempre el té.
Taza del Ikea en mano, he abierto muchas de mis inquietudes y he mantenido conversaciones tan pletóricas como las que podría haber mantenido en mi admirado Horno de San Buenaventura. No voy a afirmar que me gusta, ni que su sabor me haya cautivado. No voy a decir que ha desbancado a mi pasión cafetera. Solo diré que tengo taza nueva y estoy deseando estrenarla con una buena compañía y el té ese de naranja y chocolate.
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