La
melancolía ha acechado mi ánimo en estos días atrás. Quizás fuera el hecho de
ver como se iba vaciando de forma progresiva una casa llena de recuerdos. No
tengo derecho a sentirme de esta manera cuando no es mi casa la que se
desmontaba. Sin embargo, tengo la sutil sensación de haber dejado un trocito de
mí en cada uno de sus rincones. Al echar un último vistazo a cuánto me rodeaba,
comprendí que cada momento había sido único y especial.
Lo
primero que me abstrajo fue un par de sofás que no estaban colocados en su
sitio habitual. No parece difícil de relacionar que me detuviera ahí. Fue el
principio, el comienzo. Ocurrió lo que pensé que había sido un error, un hecho
aislado del que no me arrepentía. En ellos, he conocido la pasión más ardiente,
el amor más sincero y el cariño más inesperado. He confesado secretos, calmado inquietudes y
llorado mi pena. Poco después y al girarme, noté la ausencia de la televisión.
Un gran hueco vacío. En su pantalla, he visto de todo y he perdido más de un
momento atenta a ella mientras sumergía mis dedos en un pelo suave y sedoso.
Indecisa
por dónde tirar, decidí adentrarme en el pasillo que he recorrido de forma tan
asidua para coger agua. En él no se encontraban los cuadros que las pasadas
navidades yo misma había colocado con un marco barato y unos trozos de
cartulina beige. Y el recuerdo de ese día, y de tantos otros, azotaron sin
verlos venir a mi mente. A un lado el baño. En esa cocina, que ahora observaba,
había florecido mi incipiente relación con la bebida inglesa tan amarga a la
cual tenía que añadir dos cucharadas de azúcar para que mi empalagoso gusto no
notara la diferencia entre aquella humeante bebida y su golosa costumbre. No
solo recuerdos, como aquella dulce e insospechada felicitación de cumpleaños,
sino deseos que no había cumplido. Me hubiera gustado trabajar en aquellos
fogones para demostrar mis dotes culinarias. Una comida especial. ¡Hasta en
aquellas habitaciones en las que no tendría que haber nada, se encontraba un
momento! Un ejemplo es la desesperación por el chirrido constante.
“En
estás escaleras, con mis nervios habituales, he pegado el bocazo de mi vida.
Creo que todavía me duelen las piernas del golpe. Podría haberme dejado toda la
cara por culpa de aquella estúpida caída” pensaba para mí mientras las miraba.
En cuanto subí, como siempre, a ayudar. Recordé una colada, una bolsa enorme
plateada e ilusión, muchísima ilusión. No puedo evitar la ternura y la niñez.
Realmente me sentí bien. Hasta el momento nadie se había comportado conmigo de
esa forma. No me refiero solo a aquel cinco de enero repleto de inocencia, sino
a lo largo de todo este tiempo cada día ha sido un detalle; una sorpresa: una
visita inesperada, un libro, una nota, una cena, una película o un poco de
chocolate.
Una
vez que me doy la vuelta y decido regresar, entro en una habitación en la que
abundaba el conocimiento. En el fondo, era una de mis ideas de siempre. Una
habitación repleta de libros. No obstante, ahora, no quedaba más que la pared
vacía. Con cariño y cierta melancolía, fijé mi atención en aquel escritorio en
el que nacieron mis versos y mis palabras, donde inicié el camino pregonero,
donde mis pensamientos cubrieron el blanco impoluto de una hoja de papel. Allí,
en ese mismo lugar y con su ayuda. En el lugar en el que he conciliado tantas
veces el sueño, en el que el silencio se apoderó de mí, en el que me he dejado
querer y en el que he querido, en el que estado tranquila y en el que he
vivido, en ese lugar preciso se quedan para nosotros lo que seamos capaces de
recordar.
Y
al irme, ya casi al cerrar la puerta, noté como faltaba allí su imagen. Gracias
a aquella estampa, me había atrevido a hablar con Ella. Bajar las escaleras
casi por última vez y recorrer las mismas calles que cientos de veces había
recorrido en busca de su presencia de camino a casa. La melancolía se apoderó de
mí mientras paseaba; me abrazó tan fuerte que aun a día de hoy no se ha querido
despegar de mis brazos. Once meses después de aquel ocho de agosto, abandonaba
un recuerdo siendo aún ocho de julio.
A
pesar de todo, no significa que se acabó. Tan solo que se cambiará de
escenario. Tomaré las palabras de Sabina para terminar…“Al
lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”
