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Que el agua no deje de fluir, que el viento no deje de soplar, que la marea no deje de subir, que las palabras no abandonen mi hogar...

jueves, 15 de noviembre de 2012

Y de recogida, Señora...

Voy notando poco a poco el calor de quienes me rodean. Casi no los veo. Tengo la mirada fijada en Ella. Voy sintiendo como las lágrimas brotan, los escalofríos nacen, en la memoria se agolpan millones de momentos de felicidad asombrosa. En mi cuerpo yo noto como me estremezco al pensar en la que se marchó ya a los cielos. Voy avanzado como quien no quiere, como quien retrasa el tiempo pues es ese para mi el más feliz de los momentos que no tiene comparación con el resto. Se me ha olvidado que el antifaz llevo puesto después de ocho horas respiro ya para mis adentros. Voy sintiendo en el cuerpo como me van llamando hermanos que quieren ser pilar, familia, abrazo. Pero yo no pienso, dejo a un lado lo que siento y me centro en Ella que es la que me da el sustento, la que me vela y guarda, la que me roba el aliento. 

Y al cruzar el dintel de las puertas del cielo, con la cara al aire, con las lagrimas cayendo, mi capa se convierte para otros pañuelo. Robosa el ambiente de paz y consuelo. Ella ha vuelto a casa, el día está completo. Y en mi mente recuerdo cuando la veia a Ella sobre el hombre que mas quiero, cuando mi padre me cogía y pedia que le lanzara un beso aun con el hábito puesto. A mi mente vienen tantos y tantos deseos como es pregonarte antes de subir a los cielos, la de seguir contigo hasta el próximo encuentro. En mi mente guardo tantos y tantos besos de nazarenos que vienen a contagiarme lo bueno. 

Y al cerrarse la puerta, parece que todo está hecho. Cual alegría es, Señora saber que eso no es cierto. Que al cruzar la puerta, al tocar el suelo comienza de nuevo el sueño de verte por la Alameda con Campanilleros. Comienza de nuevo la vida para el nazareno. 






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