No había terminado de despuntar la tarde cuando tomó de nuevo la gran taza de café que había preparado. Se había olvidado de ella y pudo comprobarlo cuando el helado líquido rozó sus labios. Era evidente que nada iba a salir bien aquel día. No es que las cosas fueran mal, la que no iba bien era Ella. Desde temprano el frío había marcado la jornada y su corazón se sentía tan gélido como aquel olvidado café.
No fue el sonido del móvil ni tampoco la llamada matutina de su madre la que la había despertado aquella mañana. El escalofrío que erizó su piel desamparada de las sábanas y desnuda a pesar del pijama fue como el cantar del gallo al nacer el día. Frío, todo era frío. Al despojarse de sus ropas, sintío el frío del agua recorriendo su cuerpo hasta que el agua caliente la sustityó. Pensaba que sería el momento de entrar en calor. Se equivocó y aun reliada en la toalla, sus temblores eran evidentes. El pantalón y la camisa parecian hielo. No hacia más que recordar el calor que desprendía su cama y cuan agusto estaría de nuevo en ella. Pero hasta la cama había perdido su esencia cuando se había levantado.
Tomó entre sus manos la humeante taza mientras hacia tiempo hasta irse a clase. Un tiempo que no demoró su llegada y en menos de un instante ya emprendía camino a su habitual rutina. Qué fría era la mañana desde la ventana, que frío era el viento cuando le acarició la mejilla. También fue frío el saludo que le dedicó a su amiga-a penas una leve sonrisa y el murmullo que prentendía parecerse a un "Buenos días"-. Frío fue el camino, fria la clase y fría hasta el agua que hubiera de calmar su sed.
En esas horas libres, que le parecía una perdida de tiempo, no hubo tiempo de distracción o de una charla que le sacara una leve sonrisa. El día tenía un patrón y no iba a salirse. Una traducción y mucho estudio hicieron de aquellas horas muertas en compañía una fría situación. Vuelta a la clases y de nuevo la cabeza perdida. Se estaba preparando el almuerzo en silencio, con una serie de fondo que le hiciera sentirse acompañada.En silencio fue la comida y también el estuido que ocupó toda su tarde fría; como eran las primeras tarde del verdadero otoño.
Por más que quería concentrarse, no era capaz de pernsar en nada. Solo se dejaba llevar. Cumplió a rajatabla con sus obligaciones. Y entonces...y entonces levantó la mirada. Y su mirada, como su expresión, era tan fría que parecía una medusa que convertiría en hielo a quien la mirara. Y ahí estaba, fría y apenada. Fría y desconsolada. Fría y dolorida. Fría y desangelada. Fría y sola. Ahí estaba, en su escritorio frente a su ordenador, con la piel fría y el rostro frío. Allí se encontraba escribiendo en una fría tarde de otoño junto a un ya frío y helado café.

