Bienvenidos...

Que el agua no deje de fluir, que el viento no deje de soplar, que la marea no deje de subir, que las palabras no abandonen mi hogar...

martes, 4 de marzo de 2014

Noches sin dormir.

Hace varias noches que casi no duermo. Es una tortura deslizarme entre las sábanas pues se cumple el presagio de dar mil vueltas en un espacio tan pequeño. Hace varias noches que me mantengo despierta hasta que mi cuerpo vence esa terminable lucha del cansancio. La oscuridad me resulta cómoda para seguir trabajando y mis ojos están abiertos como platos. Hace varias noches que no duermo, ni siquiera un adrezo me conduce a dormir. Y esta no iba a ser menos. 

No soy capaz de dormir y estoy segura que algún motivo debe de existir para tan repentino cambio de conducta. En los últimos días, rondan  por mi cabeza preocupaciones, miedos, problemas, deseos. Dejo rienda suelta a mi imaginación y planeo, sueño y vivo. Me gustaría poder decir que me encanta estar despierta y todo cuanto soy capaz de pensar es bueno. Pero no es verdad. La noche se me hace eterna como eterno me resulta el agonizante sentimiento que me invade sin causa aparente. Tanto es así, que llevo varios días con sueños muy similares que me hacen despertar sobresalta y temerosa.

Estas pesadillas abarcan desde historias que pueden ser reales o no -desconozco muchas cosas que me rodean- pero se clavan, mis propias mentiras hasta miedos físicos como es que me persigan y, como todos imagináis, me hagan daño. Son pesadillas muy dispares, malos sueños que se repiten y me dejan exhausta para comenzar la rutina del día siguiente.

Viene una época de mucho trabajo, de intentar acoplar en mis horarios estudios y placer y, como cada año, a costa de mis horas de sueño. Si cerrar los ojos se está convirtiendo en una labor pesada, ¿qué será de mis ojeras? La solución más probable sea afrontar lo que me aterra...veo con más posibilidades probar a contar ovejitas.

Qué descansen. 

sábado, 1 de febrero de 2014

Perdona, pero quiero un té contigo

Nunca me ha gustado el té. Era una de esas bebidas amargas que me hubiera gustado adorar para que encajara en mi personalidad. Lo mío siempre ha sido el café. En taza. Con una cucharada de azúcar y la leche templada. La prefiero fría si es época estival. Sin embargo, el sabor del té no me era agradable. Su poca textura y su baja densidad me hacia incapaz de tragarme ese líquido humeante que desprendía un olor fuerte. No, el té no era lo mío. Me daba la sensación de bebida fría e independiente, me resultaba poco simpático y ni por asomo se parecía al maravilloso café que inundaba de vitalidad y aroma a mi pequeño habitáculo. Lo recalcaré por ultima vez. El té nunca me ha gustado. 

Quién me iba a decir que yo, con toda mi tozudez, cambiaría de opinión. Ahora no bebo té en público sino que en la soledad de mis pensamientos, en mis largas tardes de oscuridad echo mano de una espantosa taza blanca de serie y me dejo llevar. Esa bolsita me evoca a una habitación con luz tenue, la persiana baja buscando la intimidad. Me recuerda a la noche, a la humedad de las noches de veranos y el frío de estos meses que vivimos. A un sofá que da la sensación que te absorbe y te envuelve. Me trae a la mente el desesperante sonido del Whatsapp y a la dulce voz del consuelo. Tomarme un té es sinónimo de conversar, de desahogar, de contar las inquietudes y problemas. Es una excusa para escaparnos. Un reconforte inimaginable. Ya no pienso los mismo acerca de esa extraña bebida inglesa que perfumaba cada tarde mis lecciones del mismo idioma. El té me sabe a su presencia. Y creo, que a él me sabrá siempre el té. 

Taza del Ikea en mano, he abierto muchas de mis inquietudes y he mantenido conversaciones tan pletóricas como las que podría haber mantenido en mi admirado Horno de San Buenaventura. No voy a afirmar que me gusta, ni que su sabor me haya cautivado. No voy a decir que ha desbancado a mi pasión cafetera. Solo diré que tengo taza nueva y estoy deseando estrenarla con una buena compañía y el té ese de naranja y chocolate. 


lunes, 6 de enero de 2014

Sorpresa

Lo material nunca tuvo importancia. Que un objeto roce tus manos es demasiado simple. En los tiempos que corren cualquier cosa vale y cuanto más, mejor. A veces, la noche más mágica del año amanece con cierta resaca consumista y con números rojos. Gastar y gastar. Montañas de regalos se apilan en nuestros salones, y los sofás no dan a basto para acoger tantos presentes. A pesar de los bultos, para la que escribe sigue siendo la noche en la que la ilusión es palpable y se respiran ciertos aromas de felicidad. 

Todos los años los esfuerzos son sobrehumanos para que sus Majestades me obsequien con mis más deseados pensamientos, para darme cuanto deseaba. Y todos los años les estoy profundamente agradecida. Desde hace algun tiempo, me vuelvo paje también y me gusta repartir ilusión a los que me rodean. No regalo por regalar, cada cajita guarda un porqué y una historia que solo conocemos el destinatario y yo. Y eso, es lo que más me gusta. Poder demostrar cuanto quiero a alguien. 

Sin embargo, la niña aquí soy yo y los que me quieren lo saben. Sus Majestades siempre ha procurado dejar huella de su presencia cuando era una cría. Me dejaban notitas y todo estaba preparado al detalle. Cuando mi realidad se traslado a otro mundo y cambió mi visión, soñaba con que me volvieran a sorprender de alguna manera. Han pasado muchos años y pajes hasta el día de hoy. Por fin, este año me han vuelto a sorprender e ilusionar de verdad. Me han hecho realmente feliz. En lo material se han pasado pero es la historia lo que más me emociona y el saber que la otra persona ha pensado en mi al ver algo tan dulce como el chocolate y ha sabido alimentar mi pasión. Gracias, por hacer que este año los Reyes hayan sido Magos. 

A pesar de que culmino el día en una habitación solitaria, no puedo radiar más felicidad. 

He debido ser realmente buena. 

jueves, 2 de enero de 2014

Una carta de deseos.



Estimados sus Majestades los Reyes Magos de Oriente,

Una vez más me dirijo a vosotros. Ha pasado otro año y, sin embargo, no he dejado de ser una niña que el fondo desea no perder la ilusión y las ganas que trae consigo la inocencia. Como todos los niños, comenzaré diciendo que me he portado bien durante todo el año. He sido realmente buena; aunque el año se ha presentado complicado. He recibido malo momentos que no me esperaba pero quiero agradeceros vuestros presentes más tardíos. Algunos me han hecho verdaderamente feliz y me han servido de bálsamo para mis profundas heridas.

Debería de ser generosa y pensar en los demás en esta carta que os escribo. Pedir la paz en el mundo, que todo vaya bien, que se erradique el hambre y que todo el mundo tenga lo que se merece. A pesar de que se que debo, no voy a hacerlo. Pues yo os pido que a cada hombre le traigáis las ganas de cambiar el mundo y así os ahorraremos el intentar acabar con todos lo males de la tierra.

Quiero que me deis sol. Sí, sí. Sol. Quiero una cajita llena de luz. De esta manera, le regalaré un poquito a cada uno de los que me rodean. Cada cual la usará como mejor le venga. Para iluminar un camino dificultoso, para ver con claridad una decisión, para darse cuenta que está enamorado, para colocarla en el cielo una jornada especial o, simplemente, para brillar. Además me gustaría una cajita verde, verde esperanza, para aguantar el tirón de las lágrimas y ver que es esa cajita lo último que se pierde.

Os pido una caja roja, rojo sangre. Pues en ella quiero guardar todos mis sentimientos. Los dulces y los amargos. Será mi baúl de los recuerdos. Guardaré con delicadeza los otros regalos que no se muy bien donde meter. Meteré un revirá en mi retina, un piscina entartada, un prima maravillosa, un latido de corazón, la pluma del mi primer pregón, la indulgencia macarena, una caja de bombones, una noche sin dormir, una taza de té, un a las tres de la mañana, la aldea del Rocío, un grupo de amigos, una foto de pequeña, un juguete usado, un coche, una carretera, un pregón y un desmayo, un cumpleaños más y, por si acaso, un corazón enamorado. Me gustaría meter una foto, una sola instantánea, pero no la tengo.

Como siempre, si sus Majestades pueden, me gustaría papel y lápiz para poder escribir la historia de mi vida, mis pensamientos y mis incertidumbres. Quiero un sitio físico donde escribir. Quiero un libro para evadirme y unas ganas de soñar. Quiero tener las fuerzas para mis estudios y que mi pasión por ellos no desaparezca. Quiero conservar mi sonrisa, creo que estaréis de acuerdo que es lo único bonito que tengo; sin ella no sería yo. Quiero que mi pequeño angelito crezca conmigo, y que todo vaya bien. No creo que pida tanto.


Espero que sus Majestades tengan a bien concederme mis deseos y no dejar que pierda nunca la ilusión.

Un beso,
Una niña de 20 años.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Tocamos el límite.

Resulta agotador estar continuamente dándole vueltas a la cabeza. Me cansa el pensar, el creer, el recordar. No me sienta demasido bien. Las cosas resultan dificiles de llevar y ocultar cuanto tengo se me está complicando. No hablo de mis secretos; no son esos los que quiero sacar a la luz. Lo que me incomoda es guardar para mi aquello que me duele, literalmente. 


Pasar las horas muertas en un hospital sin que nadie lo sepa. Aguantar un pinchazo tras otro. Una prueba que te hace daño, otra que te da miedo y una más que supere las anteriores. Una mala noticia que se complica, una medicación que no existe y un dolor que es persistente. Estoy tan acostumbrada que ya ni mi sangre me marea, ni me asusto ni me asquea. Tener que escuchar como pretenden decidir algo que no tiene solución. 

Quizás esté muy acotumbrada a esto. Después de tanto tiempo ni lo cuento ni lo comento. Es parte de mi rutina. Pero en el fondo me asusta, me da miedo y necesito la voz reconfortante de alguien que diga "todo irá bien". Es demasido finjir una normalidad, que no duele, que todo va bien. Sonreir y callar es fácil hasta que te tienes que retocer. 


Pero hoy, ya en casa, tengo que decir "basta". Ha sido demoledor escuchar que hemos llegado al límite. Desolador ver la cara de mi padre y debastador decidir que no hablaremos del tema con nadie. El problema es que la tiene que parar y sobrepasar el límite soy yo. Sin embargo, cuánto más lo pienso más me duele.  Supongo que o me pongo las pilas o tendré que sucumbir a lo que me proponen. Y el hecho de dejar que la parca venga a por mi de forma prematura no me convence. 

Voy a llorar a solas un poco. Me es necesario desahogarme sin hablar y un abrazo que me consuele. Hasta este límite hemos llegado. 


martes, 29 de octubre de 2013

Frío.

No había terminado de despuntar la tarde cuando tomó de nuevo la gran taza de café que había preparado. Se había olvidado de ella y pudo comprobarlo cuando el helado líquido rozó sus labios. Era evidente que nada iba a salir bien aquel día. No es que las cosas fueran mal, la que no iba bien era Ella. Desde temprano el frío había marcado la jornada y su corazón se sentía tan gélido como aquel olvidado café. 

No fue el sonido del móvil ni tampoco la llamada matutina de su madre la que la había despertado aquella mañana. El escalofrío que erizó su piel desamparada de las sábanas y desnuda a pesar del pijama fue como el cantar del gallo al nacer el día. Frío, todo era frío. Al despojarse de sus ropas, sintío el frío del agua recorriendo su cuerpo hasta que el agua caliente la sustityó. Pensaba que sería el momento de entrar en calor. Se equivocó y aun reliada en la toalla, sus temblores eran evidentes. El pantalón y la camisa parecian hielo. No hacia más que recordar el calor que desprendía su cama y cuan agusto estaría de nuevo en ella. Pero hasta la cama había perdido su esencia cuando se había levantado. 

Tomó entre sus manos la humeante taza mientras hacia tiempo hasta irse a clase. Un tiempo que no demoró su llegada y en menos de un instante ya emprendía camino a su habitual rutina. Qué fría era la mañana desde la ventana, que frío era el viento cuando le acarició la mejilla. También fue frío el saludo que le dedicó a su amiga-a penas una leve sonrisa y el murmullo que prentendía parecerse a un "Buenos días"-. Frío fue el camino, fria la clase y fría hasta el agua que hubiera de calmar su sed. 

En esas horas libres, que le parecía una perdida de tiempo, no hubo tiempo de distracción o de una charla que le sacara una leve sonrisa. El día tenía un patrón y no iba a salirse. Una traducción y mucho estudio hicieron de aquellas horas muertas en compañía una fría situación. Vuelta a la clases y de nuevo la cabeza perdida.  Se estaba preparando el almuerzo en silencio, con una serie de fondo que le hiciera sentirse acompañada.En silencio fue la comida y también el estuido que ocupó toda su tarde fría; como eran las primeras tarde del verdadero otoño. 

Por más que quería concentrarse, no era capaz de pernsar en nada. Solo se dejaba llevar. Cumplió a rajatabla con sus obligaciones. Y entonces...y entonces levantó la mirada. Y su mirada, como su expresión, era tan fría que parecía una medusa que convertiría en hielo a quien la mirara. Y ahí estaba, fría y apenada. Fría y desconsolada. Fría y dolorida. Fría y desangelada. Fría y sola. Ahí estaba, en su escritorio frente a su ordenador, con la piel fría y el rostro frío. Allí se encontraba escribiendo en una fría tarde de otoño junto a un ya frío y helado café. 



martes, 24 de septiembre de 2013

Implicitamente

Hay veces que las palabras llevan implícitos muchas más intenciones que la simple superficialidad de su significado. Cuando queremos expresarnos usamos términos que se ajusten a la medida de nuestra comunicación. Es necesario saber que se quiere decir. En otras palabras, leer entre lineas. Intentar decir todo lo que se quiere sin decirlo. 

La justificación de porque el ser humano tiende a este tipo de situaciones se debe a que en algunos momentos decir cierto tipo de ideas o expresarse tal cual lleva consigo la afirmación o comprobación de una serie de ideas. A veces, decir las cosas en voz alta, tal y como son, hace que te des cuenta de la realidad. Dejas de estar en una utopía y vuelves a poner los pies en la tierra.

¿Qué esconde un "te echo de menos" para que sea tan difícil decirlo? Un "te echo de menos" no solo muestra el hecho de la ausencia, sino el deseo de volver a tener aquello que anhelamos. Puede traer consigo la relación de que echamos en falta algo o a alguien; alguien que teníamos cerca y ya no, alguien cuya presencia queremos, con quien hemos compartido momentos y queremos seguir haciéndolo, alguien con quien tenemos secretos, cuya existencia nos aporta algo. Ese " te echo de menos" es porque perdemos cosas: la sonrisa, las ganas, la ilusión, la felicidad. A veces, hasta el sentirte bien contigo mismo. Nos puede dar, incluso, miedo. Miedo de tener que reconocer cosas que ni ante un espejo sería posible. 

Yendo un poco más lejos quien sabe si se podría realizar una secuencia de ideas, que no vienen al caso, que tengan como conclusión sentimientos. Porque un "te echo de menos" puede esconder tantas cosas que la mente no quiere saber y el corazón no quiere escuchar. Así, negarlo o callarlo no quiere decir nada. Nosotros mismos ya nos hemos dado cuenta de que un "te echo de menos" se puede sentir y solventar con un abrazo, un beso, una caricia o haciendo realidad ese "te tengo ganas". 

Y como decía la canción : " no es sencillo echar de menos"