Ayer mientras esperaba en la estación a que el autobús llegase, muerta de frío, pensaba en mis cosas. Ida, como siempre. Sin apenas notarlo, alguien me llamo tocándome el hombre. Me giré y la reconocí inmediatamente. La mujer que me llamaba era mi antigua profesora de primaria. Me dio dos besos y me preguntó que hacía allí. “Vuelvo a casa”, le dije sonriendo. Resultaba que Ella había estado haciendo un curso en Sevilla y también volvía a casa.
Cuando llegó el autobús nos subimos y comenzamos a hablar. Me preguntó por mi familia, por mi vida de ahora. Tuve que decirle que al terminar la ESO, estudié en los Salesianos y que definitivamente me había decantado por las Humanidades, de las cuales me había enamorado perdidamente. “Ya se te notaba que las matemáticas no eran tu fuerte. Por muchos 10 que te pusiera, siempre se veía que no eran lo tuyo”, argumentó. Le dije que estudiaba en Sevilla un Doble Grado de traducción y humanidades y que disfrutaba mucho con lo que hacía. Me preguntó por el premio del mejor expediente de la ESO, por la matrícula de honor en Bachillerato y mis demás logros. “No tienen importancia le conteste yo. Mis esfuerzos no eran para que me dieran premio alguno. Lo único que a mi me interesaba era llegar a donde me había propuesto” Hablamos de como habían cambiado las cosas, de recuerdos de mi infancia, de anécdotas y de mi vida actual. En un determinado momento comenzó a decir;
“Cómo han cambiado las cosas. La última vez que hablamos no tenías más de 7 años. Eras solo una niña. Pero a esa edad ya apuntabas alto. Recuerdo que al escribir tu informe de fin de ciclo escribía que debíamos esperar grandes cosas de ti. Que llegarías muy lejos. Eras una niña muy trabajadora que no paraba hasta conseguir lo que te proponías. Que a pesar de tanto trabmuy nerviosa y había que buscar la forma de liberar tus tensiones. Te enseñé a multiplicar y a dividir aunque no te correspondía pero es que siempre terminabas la primera y querías hacer más y más cosas. Supe que convertirías en una fan del saber. Por ello, me alegro de que la vida te este regalando cosas tan buenas, me alegro de que mis predicciones no fallaran. Me alegro de haberte visto crecer”
Cuando nuestra conversación terminó sentí la nostalgia, sentí la madurez. Recuerdo el uniforme del colegio, mis pelos despeinados en una cola. Recuerdo las carreras por el patio y mi obsesión con ser la primera. Recuerdo a mis amigas y las muñecas. Los días del Padre y de la Madre. El recorrido de vuelta a casa, las clases por las tardes. Recuerdo los días de fiesta, Don Bosco, María Auxiliadora. Recuerdo las excursiones. Recuerdo como mi madre me ayudaba a estudiar, me preguntaba la lección, me corregía al leer. Recuerdo el paso de los años, las clases, los compañeros. Recuerdo las palabras de aliento de mis profesores, la confianza que depositaron en mi y mis lágrimas de nervios. Recuerdo ese interés de aprender, la curiosidad. Recuerdo tantas cosas desde los siete años que mirarme ahora en el espejo me hace darme cuenta de que todos son recuerdos y que la niñas que un día fui es ahora, quizás no una mujer, pero si el comienzo de una.
Y esas ganas de aprender, de ser la mejor, de ayudar no han desaparecido. Sigo siendo como siempre; una agonía. Gracias a todos los profesores y sucedáneos que creyeron en mí para hacer grandes cosas. Algún día cuando haga algo importante, irá por ellos.
Con ese afán de ser yo,
María