Te levantas y amanece tras la ventana un nuevo día. La luz se cuela por las cortinas anunciando que es hora de dejar tus sueños atrás. Te lavas la cara eliminando los últimos restos de la visita de Morfeo diciéndote a ti misma que cuando llegue la noche acudirás en su búsqueda a una hora más temprana. Te vistes y pones rumbo de nuevo a las clases. Ni siquiera desayunas. ¿Para qué? Clases, profesores, lecciones, pensamientos. Charlas un rato con las compañeras, vas a la biblioteca y vuelves a clase. Como si sonara una campana dejas el asiento y vuelves a casa. Comes, te lavas los dientes, te acomodas y das por empezada la tarde de estudio. Sin que puedas volver a pensarlo miras por la ventana y ya es de noche. Sigues haciendo cosas hasta terminar. Te das una "relajante" ducha de agua caliente y cenas algo, ya sin ganas por el cansancio. Intentas relacionarte con el mundo pero ha días que el mundo pasa de ti y te ves sola. Encerrada entre cuatro paredes. Te decides a ver alguna serie. Tienes frío, te metes en la cama y sientes el calor de la comodidad, lees un rato hasta quedarte dormida. Entonces, Morfeo viene como te prometió por la mañana y te arropa. Y así el día se ha vuelto noche, la oscuridad se ha llevado la luz y otro día de tu vida se ha disipado. Hasta que vuelva de nuevo el sol, te levantes y amanezca de nuevo la rutina.
La rutina, eso que dicen que nos agobia tanto. Puede que tengan razón. El hecho de hacer siempre lo mismo. A veces, me gusta y otras la odio. Me hace sentir más segura si se que es lo que va a ocurrir al instante siguiente y me ayuda a estar preparada para lo que venga. Pero, también, la rutina nos hace daño. Nos habituamos a los que nos rodea y nos olvidamos de lo que tenemos. Perdemos esa chispa de vivir. No nos hace ilusión nada y dejamos que la vida se escape de nuestras manos. La rutina. Ese fenómeno que rompe tantas parejas, que hace monótona nuestras vidas, que nos quita las ganas de vivir. Nos hace sentir solos, que se nos ha ido el tiempo. La rutina de un día tras otro. Un día de tu vida multiplicado. Y cuando la rompes y ves como es eso de tener brillo en los ojos, te planteas que por qué existe tal tortura del día a día. Esa guerra por sobrevivir. La rutina que te lo quita todo y se supone, también te lo da. La rutina.
Otra vez de nuevo junto a ese espejo, me planteó si quiero la rutina o no. Si esta es la vida que he tomado o me equivoqué de camino. Sea como sea, la rutina me duele y deseo tener esa ilusión que me da la sonrisa. Rutina que se verá cambiada pronto. ¿ Me echareis de menos?
Voy a seguir con mi día,
María